domingo, 19 de enero de 2014

Abandonar y empezar


Abandonar y empezar


Abandono por enésima vez Manhattan Transfer. En esta ocasión dejándola por la mitad. En esta ocasión forzando la máquina lectora, empecinado en avanzar contra esa masa de palabras que, como una corriente marina, se obceca en echarte afuera, en sacarte a la orilla, en agotarte física y mentalmente hasta que digas no puedo más, y entonces te dé igual si la novela es coral o si tiene un enfoque cinematográfico o si lo que el autor pretende es dibujar un cuadro del Nueva York previo al crac bursátil a base de pequeñas pinceladas. Tú lo que quieres es ver el trazo entero, y aunque intuyes grandes aventuras en algunas de esas pinceladas: el adulterio de la esposa de un carretero con el abogado que le defiende por un accidente de tráfico, las inquietudes de un niño cuya madre está enferma, las desventuras de un campesino recién llegado a la Gran Manzana, la interrupción sistemática de esas trayectorias, de esas buenas perspectivas, te frustra. Necesitas que la literatura te balancee y esta es literatura de camino pedregoso. Dejas el libro. Había calles que reconocías, trenes elevados que ya no están allí, historias que quedan tristemente interrumpidas, pero ahora no porque termine el trazo, ahora, porque no eres capaz de seguirle el juego al autor. Quieres leer ese libro, pero no puedes. Y coges otro libro. Así es como la pierdes. Y este lo lees en dos tardes, casi cuesta abajo, y lo volverías a leer y lo vas a releer. Lo cual seguramente dice más de ti que de ellos.


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